
Últimamente no suelo comentar nada acerca de mis actuaciones más que nada porque he llegado a la conclusión de que en la mayor parte de las ocasiones no se producen hechos que puedan resultar interesantes para los lectores del blog. Permitidme hacer una excepción en el caso de mi última actuación en el Plaza 3 de Murcia. La verdad es que esta historia tuvo un comienzo un tanto accidentado si tenemos en cuenta que, estando yo en el tren y ya cerca de la ciudad, se me avisa por teléfono de la posibilidad de cancelar el evento dado que en Murcia estaban en fiestas y, ya se sabe, cuando la gente esta de fiesta quiere bailar y no escuchar a un tío contando sus pajas mentales, y mucho menos en una discoteca, que es lo que es el Plaza 3. Sin embargo, entre la programadora, la Relaciones Públicas del local, el dueño y un servidor, decidimos echarle huevos al asunto y seguir adelante con la actuación. Llego a Murcia al mediodía y satisfago mis necesidades fisiológicas alimenticias en un Bocatta acompañado de uno de los cómicos más ilustres del panorama actual (y murciano de pura cepa): Chema Ruiz, un tipo muy majo que ya me suelta un par de pistas acerca de lo que me iba a encontrar en el local en cuestión. El taxista que me lleva al hotel, tras averiguar que soy el cómico del Plaza 3, no para de hacer comentarios acerca de las chicas del local: muy guapas, dice (menudo eufemismo, descubriría más tarde). Tras dormir una siesta que me tuvo en coma toda la tarde me dirijo al Plaza 3. En principio todo muy normal, los típicos porteros de 2 metros, un vestidor previo a la sala de baile… lo que es una discoteca común. Pero cruzar la línea que marca el comienzo de la sala fue para mí como trasladarme a un mundo paralelo donde básicamente… nadie (y repito, NADIE) es feo. Amigos, no estoy hablando de gente “resultona”, estoy hablando de que Paris Hilton y Scarlett Johansson podrían estar perfectamente tomando algo en la barra sin llamar para nada la atención. En el caso de los chicos, tres cuartos de lo mismo. El más pequeñito de ellos debía de medir 1,80 y no había ni uno que no se hubiera pasado por el gimnasio en las últimas 3 horas, por supuesto todos con un moreno caribeño perfilado con solarium y ropa de Emporio Armani o, en el peor de los casos, Dolce & Gabanna. Evidentemente, en ese ambiente y a pesar de que algunos de vosotros podáis tenerme en alta estima, un fulano de 1,75, perfil esquelético y enfundado en una chaqueta mohosa, vaqueros gastados (por mí, no por el personal de una fábrica de Levi´s Strauss, que es básicamente lo que diferencia un pantaca guapo de uno viejo), que calza zapatillas con agujeros por donde se ven los calcetines (verídico) y pelo aderezado con la gomina del día anterior, sí, llama la jodida atención. Hay un anuncio en la tele (de un producto que no consigo recordar) que dice que no hay que discriminar a la “gente perfecta” y que “están entre nosotros”... es mentira, están todos en el Plaza 3, y en este caso dedicándome una mirada mezcla 50% de curiosidad y 50% de asco. Eran muy guapos todos y, a pesar de los tópicos, no eran tan tontos como para no adivinar que yo debía de ser el cómico (la única explicación para que los porteros permitieran que un subproducto social como yo pudiera entrar en ese vergel de la belleza y el buen gusto estético). Os juro que nunca me sentí tan fuera de lugar en toda mi vida (bueno, a excepción quizás de aquella convención de celíacos adictos al zumo de remolacha).La actuación, a pesar de las fatídicas previsiones debido a las fiestas locales, fue discreta pero satisfactoria: risas y aplausos (¿qué más se puede pedir?). Y fue justo al bajar del escenario cuando surgió esa situación absurda que me desconcertó. Resulta que algunas de las chicas del local se acercaron a felicitarme lo que, ante mi asombro, provocó que uno de esos tíos despampanantes que bien podría copar la portada de la Men´s Health de Agosto, se acercara a mi y me dijera: “Oye, vente con mis colegas a la barra que veo que a ti, como eres el cómico (se preocupo en remarcar), se te acercan las chicas y así nos ayudas un poco”. Imaginaros la situación: Brad Pitt pidiéndome ayuda para ligar. Me dieron ganas de soltarle una hostia pero me di cuenta de que medía como 20 centímetros más que yo y definitivamente no parecía una buena idea, más que nada porque no me gustaría hacerme famoso por protagonizar los titulares de El País del día siguiente: “Mozos de atractivo considerable y pene desproporcionado sacan a hostias a un engendro del Plaza 3”, con la consiguiente foto en la que se vea como un grupo de chicos bronceados con pantalones de pinzas se ponen morados a base de collejas con un servidor. Así que simplemente me despedí del dueño (alto, fuerte y guapo, por supuesto) y regresé pensativo a mi hotel, que a todo esto se llamaba El Churra (gracioso “per se”), y al final llegué a una conclusión: es genial ser guapo, es genial ser alto y atractivo pero… ¿de qué sirve esa vida vacía dedicada única y exclusivamente a la estética y al disfrute de múltiples actos sexuales con chicas adineradas que podrían ser modelos si no tienes la compañía y el cariño de la gente fea y te ves obligado a recluirte en un local elitista en el centro de la ciudad?. La verdad, la vida de estos chicos tiene que ser un auténtico infierno…
Y si hay alguien guapo y rico leyendo este post, que sepáis que ni siquiera vosotros estáis a salvo de sentir vergüenza y humillación. Y sino mirad lo que le pasó a Paris Hilton cuando acudió a la entrega de los MTV Awards y, ante el asombro de los asistentes, la atrevida cómica Sarah Silverman, que hacía en este caso de presentadora, hizo un par de conjeturas acerca de la obligación de la rica heredera del imperio hotelero de presentarse en la cárcel de Los Ángeles para cumplir una condena de 23 días por conducir ebria.